La neurociencia como vía hacia la paz (mundial)
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Intentaré explicar aquí el “núcleo duro” de la (ambiciosa) concepción personal de quien suscribe acerca de esta idea, de manera sencilla, pero no menos profunda, a través de algunas reflexiones que no involucran mayores tecnicismos ni complejas terminologías. Quisiera señalar, antes de comenzar el hipotético y estimado lector su viaje a través de las palabras y los pensamientos, que la idea aquí presentada no es absolutamente de mi autoría; se ha gestado en el mundo desde hace ya milenios. Quien escribre sólo concatena y sobrepone hoy, probablemente, diferentes planos con finalidad de exposición, de divulgación, de presentación de una suerte de simetría articulada  que puede parecer para otros, si cabe, no más que un conjunto disperso de datos. Espero (aquí otra de mis ambiciones) puedan co-crear y observar los “puentes” que humildemente he intentado bosquejar, experienciando las ideas de otros y mi propia motivación, esta malla para mí ineludible de conexiones, interacciones y relaciones relativas e interdependientes, que entretejen la singular particularidad del paisaje que vivencian (y vivenciamos) en primera persona, en tiempo presente. Puede sonarles quizá como un imperativo. No ha sido aquella mi pretensión, sino relfejo de mi elaborar pasional. Mi pretensión es más simple, más honesta, más llana, pero no por ello menos ambiciosa: volver en algún momento “esto” (ciencia) y “aquello” (conciencia) en armónica sinfonía, y ese concebir, ulteriormente, en ‘nous’. Hay quienes dicen, brutalizo, que la neurona y la experiencia jamás se encontrarán. Otros sostenemos, parafraseo a Francisco Varela, que ambas tienen una relación de circulación mutua, como anteriormente señalé, de puente. Finalmente, pueden los sueños de la gente reflejar las necesidades de la época. No me refiero sino a esa misma paz (mundial), aquel ideal quizá imperecedero, utópico, y quizá también en mi manera de concebirlo y exponerlo, infantil, del que aquí hablo, aspiración anhelada de manera ‘tierna’, ‘lúcida’, ‘seria’, ‘compasiva’ o ‘pragmática’, probablemente por la mayor parte de nosotros. Lo planteado, asimismo, no obedece a un mandato (o creencia en un mandato) proveniente de una supra-naturaleza diferente a nosotros, sino simplemente de la reflexión de una intuición y un sentimiento respecto a la condición y el fenómeno del vivir.

El desarrollo de cada individuo se encuentra íntimamente ligado a la interacción social. Es a través de ésta que germina nuestra propia formación en la condición humana (y de alguna forma aquello que llamamos “identidad”), así como co-construímos nuestro propio mundo de significados y significaciones, de conceptos y atribuciones, de descripciones y explicaciones, nuestra cosmogonía, nuestra manera de ser-en-el-mundo, de relacionarnos, de sentir y también el modo de articular nuestros sueños . Nótese se trata este “existir”, este “ser” en el mundo, de un acto dinámico, sistémico, relativo, interdependiente e impermanente. Nuestro “ser” humano no es sino una continua creación, como si se tratase del flujo de un río. Y este desarrollo potencial de cada individuo, esto es, la consecución de paz, la liberación del sufrimiento, la comprensión de la realidad “real” de la vida, la compasión y el amor al prójimo, se relaciona estrecha y necesariamente al entendimiento de los procesos que generan el fenómeno existencial de la conciencia (o conciencia de la experiencia). Ahora bien, el operar de la conciencia, así como de muchas otras funciones cognoscitivas-psicológicas-neurológicas, presentan indudablemente un correlato corporal, en una matriz o cosmología que incluye aspectos anátomo-funcionales, bioquímicos, neuroendocrinológicos, inmunológicos, cronobiológicos, psicofisiológicos, estacionales, personológicos y también psicosociales. Puede que el cerebro humano sea el único instrumento eficaz para la supervivencia. Pero su total potencial , si tal cosa cabe o existe, no podrá desarrollarse, estimo humildemente, hasta que sea mejor conocido. Decía Santiago Ramón y Cajal que “mientras el cerebro sea un misterio, el universo continuará siendo un misterio”.

Así, desde hace aproximadamente tres millones de años, nuestro cerebro se ha visto “obligado” a ser, y continúa siéndolo, constructivamente adaptable y comprensiblemente integrador. Pueden observar su neuroplasticidad tanto a nivel ontológico y filogenético. Lo primero ocurre tanto cuando hablamos, pensamos, hacemos cosas y recordamos episodios, modificando rasgos ultraestructurales (a nivel de microscopía electrónica) de las delicadas arquitecturas membranosas de los entornos celulares. Otros cambios, a nivel microscópico, en la línea ontológica, requieren una mayor cantidad de tiempo, se trata de procesos de formación más lenta, ligados a LTP (potenciación a largo plazo), de acuerdo a aspectos de nuestra experiencia o vida psicológica consciente, subconsciente e inconsciente, en función a nuestro uso y desuso de aspectos particulares de ésta. Cambios a nivel filogenético son por ejemplo los apreciados en la triple expansión volumétrica del cerebro del homínido. Nuestro cerebro es dinámico, en un sentido integrador, de manera quizá similar a nuestro “estar-siendo” en el mundo. Los barrocos postulaban, en las poéticas palabras de Calderón de la Barca, que “pequeño mundo soy y en eso fundo, que en ser señor de mí lo soy del mundo”. La base de nuestra supervivencia se halla en consonancia y sintonía al estético aforismo anterior: el autoconocimiento conduce hacia la comprensión y entendimiento de los procesos que constituyen al ser humano, hacia la autoregulación, hacia la autogobernabilidad, hacia la expansión del altruismo comunitario, de la empatía y la compasión. Se me aparece entonces, lo que aquí aparece planteado, como señala Rolf Behncke en el “Árbol del Conocimiento”, como un “corolario inescapable”, y agrego, parafraseándole, como una rueda inacabable, como una huella indeleble, como camino imborrable. Finalizo con una cita del mismo: “Si la acción de cooperación social mutua surge en la condición primaria de lo social, el compartir tal conocimiento no puede sino expandir nuestros espacios de cooperación y realización mutua.” Tan sólo espero poder compartir, otra vez ambiciosamente, más allá de los rótulos con que definimos a los demás y a nosotros mismos, un mensaje no distinto al señalado por un simple y sabio carpintero de la región de Galilea y por un príncipe del reino de los sakyas, en el moderno Nepal, que abandonó su lujosa vida para encontrar la respuesta al sufrimiento universal: PAZ…

 

Franco Maray-Ghigliotto

Quillota, Junio de 2011

 

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